Gustavo Santaolalla está en un momento de la vida en el que entiende la virtud del equilibrio. Por eso, incluso cuando de la pasión se trata, se modera.
"Yo vivo permanentemente con una valorización del sonido en todas sus expresiones, incluyendo una de las más maravillosas de ellas, que es el silencio", dice el productor argentino en entrevista desde su casa en Los Ángeles, cuando responde si en su hogar todo el tiempo hay un disco sonando. "No, en mi casa no hay música todo el tiempo. Para nada. Yo diría que sólo un cincuenta por ciento del tiempo, porque es mi trabajo, pero el tiempo libre lo paso en silencio… y tratando de ver cosas, porque tampoco se puede ser todo auditivo."
El laureado productor argentino, dos premios Oscar, un Globo de Oro, dos premios Grammy y diecisiete Latin Grammy; responsable de los discos más icónicos de Molotov, Julieta Venegas, Bersuit Vergarabat, Juanes y Café Tacvba, está a meses de cumplir 75 años.
Con ese recorrido sónico, resulta revelador que confiese que con la edad no sólo tiende hacia el silencio, sino también a lo esencial. Su nuevo hogar, por ejemplo, al que se mudó en plena pandemia, es más pequeño que el que dejó. "Lo que mi casa dice de mí es que soy más grande y que ya no puedo subir escaleras", dice sonriendo. "Dice de mí que no necesito tanto espacio ya y que me gusta que todo sea más pequeño. Muy normal. Nada de lujos. Nada fuera de lo común."
Su apariencia de monje, barba larga, collares que porta como símbolos y una humildad que desencaja con el cliché porteño y la opulencia histérica de Hollywood, lo hacen parecer un personaje con combustible suficiente para desarrollar en un guión de cine, uno de esos protagonistas para ser explorados como él lo ha hecho en películas de Alejandro González Iñárritu (Amores Perros) y Ang Lee (Brokeback Mountain) a través de la música original.
Un joven que creyó antes que nadie
Su vida misma parece la de un héroe latino con un viaje improbable. Su travesía es la de un músico que, pese a ser una joven estrella del rock en su país, que no comía carne y era célibe, acuñó años después el apodo del Rey Midas del Rock. "Me causa gracia eso", dice sonriendo. Su aventura es la de un joven con tremendo amor por el folclore que creyó antes que nadie que se podía hacer rock en español y que, además, se le ocurrió la osadía de pensar que estas canciones podrían sonar mejor que en inglés. "Un disco de Café Tacvba no tiene nada que envidiarle a uno de Radiohead", dice, categórico.
La de Santaolalla es también la historia de un joven que fue detenido varias veces durante la dictadura de Jorge Rafael Videla en Argentina. "Nunca me dejaron preso más de tres días", aclara, como si eso cambiara algo; como si eso achicara el temor de ver que un Ford Falcon se le empareja y unos tipos duros a bordo le dijeran que se subiera y, camino a la prisión, le tararearan a capella su propia canción que, irónicamente, lo blindaba de un daño mayor o la desaparición total.
"Recuerdo que me subían en el Falcon e incluso me cantaban ‘Mañana campestre’ [una canción considerada hippie por la dictadura de Videla]. Ellos sabían quién era yo y quizá por eso me salvé de que no me lastimaran. Pero te hacían la vida imposible."
En 1978 se fue de Argentina. Reconstruyó su carrera en Los Ángeles desde cero pero sin olvidarse de su idioma y Latinoamérica, poniendo como productor en el mapa a Café Tacvba, Molotov y Juanes, entre muchos otros, con una convicción que hoy suena casi profética: "Yo en serio sé que tenemos propuestas artísticas con un voltaje más potente que la de ellos [los músicos estadounidenses]."
La odisea de Santaolalla es la de un héroe que nunca quiso serlo y que durante trece años grabó en secreto tocando el ronroco, un instrumento andino de cuerdas, de la familia de los charangos. Sin plan, sin intención de mostrárselo a nadie, solo porque no podía dejar de hacerlo grabó hasta que se lo dio a escuchar al charanguista Jaime Torres. Le mintió por pena. Le dijo que lo había grabado un amigo, pero Jaime lo llamó al día siguiente y le dijo: "Acá el que toca sos vos."
El rock en hibernación
Ahora, acaba de sacar un nuevo álbum con Bajofondo llamado Ohm (2026). Lo grabó en una ciudad donde los inmigrantes latinos viven con miedo como él en los setenta en Argentina. Por eso es inevitable preguntarle sobre cuál es el lugar que ocupa el rock en términos sociales y políticos.
"Desafortunadamente, el rock ya no tiene el rol político de antes", explica Santaolalla. "Hace tiempo escribí una canción de protesta pero cuando la terminé fue difícil saber qué artista la podía cantar. Tenía que regresar a Bruce Springsteen o Patti Smith. Ahora es muy difícil encontrar alguien que lleve ese peso y ese mensaje; e incluso en el mundo del rap, que era más político, en donde había gente que tenían una postura política inteligente. Pero ahora está todo políticamente homogeneizado y plastificado."
Pero no todo está perdido. Santaolalla piensa que la importancia de este género es cíclica. "El rock se mueve en olas. Yo he visto por momentos que se vuelve importante y también he visto otros en los que todos dicen que el rock ya pasó, pero siempre volvía", dice con convicción.
"Siento que en este momento, el rock a nivel global está en un momento de pausa, de hibernación, pero no lo desecho porque desde los sesenta yo vivo el rock como una energía y no como un ritmo. Yo creo que ese espíritu no puede morir. Estoy seguro que en algún garage o en alguna habitación del mundo hay un pibe que está haciendo algo que tendrá otro formato pero que va a enganchar en el espíritu del rock. Pero en esta época sí es muy notoria la falta de artistas que puedan ser la voz de lo que está ocurriendo."
Con esa misma sana distancia analítica, ve sus logros. Tanto así que el lugar en donde tiene los premios Oscar a Mejor Música Original por Brokeback Mountain (2005) y Babel (2006), dice todo de él. "Los premios son cosas totalmente pasajeras. Los Oscar los tengo en una bolsa que me dieron en la ceremonia y hasta ahora están dentro de mi ropero", confiesa.
Podría parecer falsa modestia si viniera de alguien más. Pero hay algo en su forma de contarlo, en el tono de su voz, en las facciones que hace al revelarlo, que dejan ver un artista desprendido del ego.
"Es que es muy fuerte el Oscar. Tiene tanta fuerza la presencia de la estatuilla que donde lo pongas es demasiado. Si tuviera una oficina, tal vez los podría ahí, pero pues ahora que me mudé a una casa más chica que la que tenía… No sé, me parecen tan grandiosos que… no sé, me dan un poquito de impresión."
La coherencia como único éxito
Se trata de identidad y coherencia, dice Santaolalla. Eso subraya cuando se le pide que mire su carrera en retrospectiva y elabore. "Lo más interesante para mí de cómo vivo el éxito es poder hacer música que conecte con mucha gente. Eso es lo relevante."
Pero matiza que eso sólo funciona si eso que se masifica, su música, su arte, está alineado con su esencia. "Para mí siempre se trató de hacer las canciones que me propuse hacer. Se trata de que cuando termines, eso que imaginaste se parezca a lo que tenías en la cabeza; o que si es distinto, sea tan bueno como lo que ocurrió primero. Si al final no estás contento, eso es el fracaso, aunque venda muchísimo. El éxito es lograr ser coherente."
Esta certeza se la dio el paso del tiempo. La vejez. Ser padre y, luego abuelo. No tiene duda. "Cuando llegaron mis nietas paré y quise ver cómo llegué hasta acá. Dije: 'Voy a pausar y ver para atrás'."
Decidió dar un paso al frente. Es decir, el productor que definió el rock y pop en español por décadas, pero desde un segundo plano, decidió ponerse al centro del escenario, ser protagonista. Remasterizó su primer disco, Santaolalla (1982), en 2020, y armó una banda, "por primera vez en mi vida", para vivir su música a través de una gira.
"Nunca había presentado mis discos en vivo por distintos motivos. Empecé a repasar mi obra y me gratificó darme cuenta de mi coherencia. No hice nunca nada que me traicionara. Tengo más de 100 álbumes producidos y no tengo uno solo que tenga que esconder. Estoy en paz con mi trabajo y mi búsqueda."
La trayectoria de Santaolalla es una serie de apuestas que el tiempo validó. Por más de cincuenta años lleva traduciendo América Latina para Hollywood a través de su icónico ronroco o abriendo brecha componiendo música para videojuegos como The Last of Us, antes de que nadie los tomara en serio como vehículo narrativo. Y sobre todo, haciendo música desprendida de su nombre.
"Nunca firmé ninguna canción de un artista con el que colaboré. Jamás me iba a entrometer como tantos productores que terminan compartiendo el crédito. Sería millonario ahorita, pero no lo hice porque siempre tuve un respeto mágico por el artista."
Santaolalla tiene claro que su influencia más profunda en la música no es la que tiene nombre, sino la de otros que llenan estadios y cuyas canciones son himnos generacionales o a través de las películas de directores cuyo campo armónico él cobija.
"Yo veo el arte como un servicio, así como un albañil hace una casa, hay gente que hace canciones en las que uno puede vivir. Así lo veo yo y por eso me siento un obrero de la música", dijo Santaolalla en nuestra conversación.
"En todo lo que hago necesito transmitir quién soy y de dónde vengo."