Sthefany Bonifacio se despertó a las tres de la madrugada con los nervios a tope. Su vida estaba a punto de cambiar. Ella lo sabía. Ella así lo había decidido, cuando días atrás le informó a su mamá que dejaría la carrera de arquitectura; sin importarle que estuviera a nada de terminar la tesis. La razón de ese cambio tan radical era que prefirió hacerse cargo del negocio familiar, fundado por su difunto padre, aunque ella no tenía una idea clara o un plan sobre cómo sacarlo adelante.
"El momento exacto en que decidí dejar la carrera fue cuando vi a mi mamá llorar mucho. Y pues pensé: 'No, no voy a dejar morir la frutería, algo por lo que mi papá se sacrificó tanto'", dice Sthefany Bonifacio, la dueña y heredera de Frutería Pepe, local que se volvió un símbolo y noticia viral en la Ciudad de México en diciembre de 2025, cuando reportaron que este negocio —en uno de las colonias más caras del país— cerraría después de décadas de estar en la esquina de Virgilio y Oscar Wilde. Todas las noticias contaban lo mismo: otro negocio familiar víctima de la gentrificación.
"Yo no dormía, me la pasaba pensando cómo poder llenar los zapatos de mi papá, quien siempre decía orgulloso que había sacado adelante a su familia vendiendo 'frutas, chiles y tomates'. Quería sobresalir, pero tenía que aprender el negocio", recuerda Sthefany en entrevista a MHO, sentada en una mesa de la librería Un lugar de la mancha.
Aprender el negocio significaba para Sthefany resolver primero un tema práctico: aprender a manejar. Esa madrugada de 2020, se subió a la camioneta de su difunto padre, que tenía algunas abolladuras y raspones recientes que ella le había hecho practicando. Era el mismo coche con el que su padre transportó por años las frutas que vendió en Polanco, hasta antes de que enfermara de COVID y muriera de forma repentina.
Para ella, esa primera visita a la Central de Abastos era el primer día de su nueva vida. Era también la primera vez en la que conducía una distancia así de considerable en la ciudad. Y eso la tenía aterrada.
"Yo no sabía manejar, yo no sabía muchas cosas", confiesa Sthefany entre lágrimas; las primeras de varias que escurrirían por sus mejillas durante la hora y media de entrevista. "Fue difícil aprender, mis cuñados se desesperaban y me gritaban. Entonces pagué clases en una escuela y también a unas amiguitas; pero no era lo mismo aprender en un carro pequeño a manejar la camioneta".
Esa madrugada, desde la colonia Fuego Nuevo, en Iztapalapa, hasta la Central de Abastos, Sthefany lo comprobó y, también, sintió una emoción particular, un heroísmo silencioso, al dejar estacionada la camioneta para ir a buscar frutas acompañada por dos de sus amigas.
El siguiente obstáculo fue que pese a que ya tenía experiencia atendiendo el puesto de frutas y verduras que su padre fundó cuatro décadas atrás, ignoraba por completo la parte más importante del negocio: escoger el producto; algo crucial sobre todo cuando la mercancía está a días de pudrirse y convertirse en una pérdida.
Ese primer día en la Central de Abastos su única brújula era una nota de compra que había dejado su padre, quien tenía la virtud, dice Sthefany, de nunca hablar de trabajo en casa. Fue por todos los puestos, se presentó como la "hija del señor Pepe", y pronto descubrió a Rogelio, el cargador de confianza de su papá.
"Él poco a poco nos abrió camino para conocer a todos los proveedores", recuerda. Al mismo tiempo, cada madrugada en la que manejaba a la Central de Abastos, Sthefany estudiaba en internet sobre el ciclo de vida de las frutas; o como le enseñaron los proveedores de una forma más terrenal: "aprender a sacarle la vuelta a la fruta".
El pasillo
Durante casi dos décadas en Polanco, en la esquina Virgilio y Oscar Wilde, dos fruterías compartieron un local. Parecían una sola, pero en realidad eran dos. Las separaba un pasillo de menos de un metro. La atendía la misma familia —hermanos, esposas, hijas— pero no se dirigían la palabra.
No es exageración: ni los buenos días se decían.
Para entender cómo llegaron a ese punto, hay que retroceder dos generaciones. La primera frutería de la familia se llamaba Las Fresas y la fundó la abuela paterna de Sthefany.
Llevaba, dice Sthefany, desde los setentas en esa misma calle de Polanco. La atendía toda la familia Bonifacio, liderada por la abuela y sus hijos, dentro de ellos su padre, quien trabajó ahí hasta que tuvo familia propia. Entonces él fue a hablar con su madre y le pidió permiso de abrir su negocio al lado del de ella. La abuela dudó. "Pero vas a hacer competencia", le dijo. Sin embargo, aceptó; los hermanos, no.
"Toda la familia trabajaba en las fruterías que estaban en ese entonces sobre la calle. Estaban pegaditas", recuerda Sthefany. "Había mucha rivalidad; nos ponían trabas".
Ese fue el principio del dolor que su padre cargaría toda la vida. Frutería Pepe empezó a hacer clientela despacio. Cuando los del puesto vecino se distraían con un cliente y lo dejaban hablando, él lo jalaba al suyo. Así se ganó a la gente. Una a una. El carisma estaba de su lado.
Cuando la abuela murió, la situación se precipitó. La familia se peleó por la casa que ella había construido en Iztapalapa; un edificio donde había dejado un pedazo a cada hijo a modo de departamento. La pelea fue larga y, en palabras de Sthefany, terminó con su padre "desterrado".
Se las arregló solo, pero en un giro de historia muy mexicano, una circunstancia mayor los obligó a unirse. Cuando la delegación hizo limpieza general de los puestos de la calle en Polanco, ellos sólo podían costear una renta si se unían. Así llegaron al local ubicado, hasta febrero de 2025, en Virgilio 9.
Para pagar el traspaso, las dos fruterías rivales —Pepe y Las Fresas, y un tercer negocio, un puesto de jugos cuyo dueño era Don Lupe— se juntaron. Tres negocios bajo el mismo techo. Frutería Pepe de un lado, Frutería Las Fresas del otro, Don Lupe al fondo. Y entre Frutería Pepe y Las Fresas, el pasillo que era de menos de un metro.
Ese pasillo por el que caminaban los clientes era frontera y también el frente de una guerra silenciosa. Durante dos décadas, los familiares dueños de ambas fruterías no se dirigieron la palabra. Cuando un cliente entraba, las dos fruterías se peleaban su atención al mismo tiempo. "La gente entraba y de los dos lados les preguntábamos qué querían", recuerda Sthefany. "Ofrecíamos nosotros y también los de enfrente y los clientes confundidos, así con cara de es-que-me-hablan-aquí-y-me-hablan-de-allá. Y mucha gente empezaba a preguntarnos, ¿son puestos diferentes? Y nosotros, ¡sí, sí somos!". Los clientes acabaron eligiendo bando.
Un detalle no menor es que las familias dueñas de ambas fruterías no sólo compartían el local en renta, también la misma casa en Iztapalapa. Hasta la fecha, el tío Cristiano, dueño de Frutería Las Fresas, vive en la planta de abajo; la familia de Sthefany, arriba. Siguen sin hablarse.
Esa rivalidad —el silencio largo, la herencia disputada, la familia compartida sin compartirse— era el peso que cargaba su padre cada mañana cuando montaba su mercancía. Y era también lo que le daba sentido al negocio.
La frutería no era un puesto. Era la prueba de que había podido. Era, como Sthefany lo dice sin titubear, "su primer hijo".
Y ella no iba a dejar solo a su hermano.
Don Pepe
El padre de Sthefany había sido el único de su familia en formarse en la UNAM. Estudió ciencias políticas, trabajó un tiempo en el CREA —un organismo público de los ochenta— pero descubrió que no aguantaba la oficina ni que le dieran órdenes. Eligió la fruta.
Esa contradicción aparente —el universitario que termina vendiendo frutas y verduras en una esquina de Polanco— no lo era para él. Era una decisión que tomó con los ojos abiertos y que defendió hasta el último día. Por eso sintió un orgullo especial cuando Sthefany le avisó que pasó el examen y fue aceptada en UNAM, en la FES Aragón, en la carrera de arquitectura. "Estaba súper feliz", recuerda ella.
Sthefany iba al puesto desde la secundaria. Los fines de semana le ayudaba a despachar. Empezó siendo penosa, sin saber vender, y su padre le enseñó a perder esa vergüenza con una regla que repetía cada vez que la veía llegar al puesto con el semblante triste: "Quítame esa cara. Aquí el cliente no tiene la culpa. Tú vienes a ofrecer frutas y verduras y a que el cliente quede satisfecho".
Esa regla era la mitad de su filosofía. La otra mitad era la calidad. El padre de Sthefany vendía fruta a precio y calidad justos porque se negaba a competir con los supermercados que lo rodeaban. Cuando un cliente le pedía rebaja señalando el precio del súper, él respondía sin perder la calma: "Jefe, ¿entonces para qué me está preguntando si puede comprarlo allá? Esto es algo fresco. Yo compro por menudeo; ellos compran por toneladas. Puede caminar unos pasos más allá que está el súper".
Perdía clientes así. Lo asumía, pero los que se quedaban duraban mucho, algunos décadas, porque entendían la diferencia entre elegir la fruta y comprar carretadas… y porque además él los recibía con un mango partido a la mitad para probar.
Don Pepe tenía diabetes. La llevaba con la misma disciplina que le ponía al puesto. No comía pan. No tomaba refresco. La controlaba como controlaba la fruta de la caja: con atención, con números, con orgullo. Eso es lo que volvió especialmente cruel lo que iba a pasar después.
Cuando llegó la pandemia, el primero en enfermar fue Cristiano, el hermano vecino-rival del padre de Sthefany. Dos semanas después, el padre de Sthefany enfermó también. No se hablaban, pero la pandemia los igualó.
Estuvo una semana enfermo en casa. Después la familia lo metió a un hospital privado y ahí parecía mejorar, así que un doctor sugirió pasarlo a uno del seguro social. Lo hicieron en la mañana. Esa noche le marcaron a Sthefany para avisarle que su padre había muerto.
"Cuando sonó el teléfono yo no lo podía creer. Días antes habíamos hablado con él y se oía perfecto: 'Estoy bien, ya me quiero ir a mi casa', nos decía". Esa noche, cuando colgó la llamada del hospital, lo primero que se preguntó fue una sola cosa: "¿Cómo le digo a mi mamá?"
Lo demás fue una secuencia que ella ahora narra como si todavía no se la creyera del todo. Despertó a Yoana, su hermana mayor, le dijo que tenían que llamar a la carroza. Le dieron la noticia a su madre. Fueron a recoger el cuerpo. En ese momento de la pandemia, los protocolos forzaban a los familiares a ir directo del hospital a la funeraria para cremar; despedirse no estaba contemplado en la logística. La familia pagó por fuera para verlo una última vez. "Yo digo que fue algo ilegal", dice Sthefany, "porque pagamos para ver el cuerpo". Pero lo vieron. Pudieron despedirse de él como en un funeral tradicional.
Verlo así fue lo más fuerte de todo, dice. Era muy apegada a él. "Mi papá era mi apoyo en muchísimas cosas, porque yo era muy diferente a mis hermanas. Buscaba mucho la aceptación de mi papá, quería ser como él".
Cuando él murió, la pregunta en realidad no fue si ella se haría cargo de la frutería. La pregunta fue cómo. Y la respuesta que encontró —despertarse a las tres de la mañana, manejar a la Central, aprender a escoger la fruta una caja a la vez— funcionó durante cinco años. La frutería sobrevivió la pandemia, sobrevivió el luto, sobrevivió el silencio del puesto de al lado.
Hasta que a finales de 2025 la gentrificación le tocó la puerta.
Molinos de viento
La noticia llegó a través del contador. El dueño del local ya no quería rentales y la frutería, junto con su rival Las Fresas y la juguería de Don Lupe, tenían un año para entregar el lugar.
Sthefany pidió hablar con el contador. Quería más tiempo. Le respondieron que el hijo del dueño ya había decidido y no había margen de discusión. Lo primero que sintió Sthefany no fue tristeza, sino impotencia. "Tantos años, y siempre hemos sido tan responsables. ¿Es en serio?". Pero sí lo era.
Mientras asimilaba la noticia, Sthefany hizo cuentas. La frutería no era solo el negocio de la familia: era también la deuda de la casa que ella había comprado, los doctores de su madre que sufre de las rodillas, los gastos de sus dos hijos, Dante y Jade. Cuando hizo la suma, se dio cuenta de que perder el local no era solo perder a su padre por segunda vez. Era perder, también, la base de todo lo que sostenía a su propia familia.
Empezó a buscar otro lugar porque Polanco se había vuelto una colonia donde una renta razonable era imposible. Los locales que veía pedían hasta 90 mil pesos al mes con varias rentas adelantadas y traspasos que llegaban a los 3 millones. "Y yo les decía: 'Es que nosotros vendemos fruta'".
Sthefany intentó la vía oficial. Fue con su esposo Alejandro a la alcaldía Miguel Hidalgo a pedir un permiso para colocar un puesto en la calle, similar a lo que tienen los restaurantes con sus terrazas. Se lo negaron, argumentando que no había lugares; dejando así en claro que la alcaldía prefiere la renta del parquímetro que un negocio colorido que alimenta a los vecinos.
Pensó en un fruit truck y emplear la misma camioneta, pero le advirtieron que los iban a multar por vender en vía pública. Cuando se le acabaron las puertas oficiales, decidió contar la historia en otro lado. Una clienta de muchos años conocía a una periodista de Animal Político, Dalila Sarabia. Sthefany le contó la situación sin grandes esperanzas.
La videonota se publicó y el efecto fue inmediato y al mismo tiempo no fue ninguno. Mediáticamente fue, como ella dice, "una explosión". Otros medios la buscaron. Se hicieron entrevistas. La frutería de Polanco que iba a cerrar se volvió, durante unos días, una conversación pública sobre lo que la ciudad estaba dejando de ser. La alcaldía, sin embargo, ni se inmutó. El arrendador, tampoco.
Pasaron los meses. Sthefany "lloraba como María Magdalena". Lloraba porque no encontraba salida y el plazo para desalojar era febrero de 2026. Lloraba porque sentía que estaba a punto de fallarle a su padre por segunda vez. "Yo lloraba mucho porque me pegaba pensar que yo podía fallar ante el legado de mi papá", confiesa.
Faltaban dos meses para entregar el local cuando el teléfono volvió a sonar. Era un cliente de toda la vida, Eric Fregoso. Llevaba años comprando en la frutería. Vio la nota de Animal Político y le marcó: "¿Por qué no me dijiste antes?", le reprochó y luego le dijo que conocía a alguien en la alcaldía y que iba a intentarlo.
Esa vía no funcionó. El funcionario dijo lo mismo que ya le habían dicho a Sthefany: no había permisos disponibles. Pero Eric pensó en otra salida: "Tengo un amigo. Déjame hablar con él".
Tres días después, los citó en el restaurante de la librería Un lugar de la mancha, ubicada en los linderos de Polanco. Sthefany llegó con Alex, los dos nerviosos. En la mesa estaba Fregoso con un hombre al que les presentó como Charlie, Carlos Dayán, dueño de la librería. Le contaron la historia y cuando Sthefany terminó, él les dijo que confiaba en su amigo y que sí él los recomendaba era porque eran "personas honestas y trabajadoras" y que podían montar la frutería en la entrada, a un costado del estacionamiento, sin ningún costo. "Salimos sorprendidos y felices. No lo podíamos creer", explica.
El 2 de marzo de 2026, la frutería se mudó. La nueva esquina no era ni siquiera una esquina; era un rincón en la fachada de una librería/restaurante pero estaba a unas cuadras del local viejo y sin renta que pagar de por medio.
Muy seguido, camino a la nueva frutería, pasa por la esquina de Virgilio y Oscar Wilde, en donde estaba la que fundó su padre. "Siento feo cuando la veo porque esa esquina fue un lugar de muchas convivencias e imagino a mi papá ahí. Y noto que el lugar sigue cerrado y me preguntó: ¡para eso lo querían!"
Sthefany aún maneja la camioneta de su papá. Conoce a sus proveedores por nombre. Sabe qué frutas duran tres días y cuáles dos. Y empieza todos sus días antes de que amanezca, cuando la ciudad todavía es de la gente que la sostiene.