Llegué por primera vez a México en el verano de 1970 y todavía recuerdo el calor.

No el calor del clima, aunque también estaba ese. La Ciudad de México en junio tiene ese sol de altura que aplasta distinto al del mar. Un sol que no avisa, que cae vertical y sin disculpa sobre la cabeza de quien no nació en esa altitud. Pero yo me refiero al calor de la gente. A las calles del centro llenas de banderas. A los niños corriendo detrás de los autobuses como si adentro viajaran santos. A los taxistas explicando alineaciones de las selecciones con la autoridad de quien ha dedicado su vida entera a ese conocimiento y no tiene por qué disculparse.

1970
Ilustración editorial: el Azteca lleno en 1970, multitud como mancha orgánica, tonos sepia y dorado, acuarela

México en 1970 olía a carnitas y a ciudad nueva. Olía a asfalto reciente y a copal y a esa mezcla particular de mercado y modernidad que solo existe en los países que están creciendo más rápido de lo que pueden procesar su propio crecimiento. Las mujeres se vestían con colores que no eran traje típico sino ropa de diario; una ciudad que se vestía con más alegría que dinero; que es la mejor forma de vestirse. Los pasajeros pegados a la bocina de los camiones para imaginarse el futbol. El locutor de radio describiendo los partidos con una cadencia que era mitad periodismo mitad rezo. El tepache en los puestos afuera del Azteca. Los sombreros de palma agitándose en las gradas sin que nadie los hubiera coordinado.

Todo era una coreografía espontánea que ningún director artístico habría podido planear.

Yo tenía cincuenta años entonces. Era como un vampiro joven, errante, que ya había estado en Uruguay, en Italia, en Francia, en Brasil. Conocía el mundo. Pero México me hizo algo que pocos lugares logran: me hizo sentir que lo que yo representaba importaba de verdad. No como negocio. No como escaparate. Como necesidad.

El Azteca era nuevo. Cuatro años apenas. Lo habían construido para las Olimpiadas del 68 y quedó tan bien que decidieron quedárselo para siempre, que es la decisión correcta cuando algo queda bien. Ciento quince mil personas cabían adentro y el día de la final las ciento quince mil estaban ahí, y el ruido era de esos que uno guarda en algún lugar del cuerpo que no es exactamente la memoria pero tampoco es el olvido.

Brasil ganó esa final. Pelé levantó la Copa que era suya para siempre. Lo vi llorar en el césped del Azteca con esa forma de llorar que tienen los hombres que no lloran casi nunca: sin preparación, sin aviso; como si el cuerpo hubiera decidido solo.

México en 1970 era un país que creía en sí mismo. El Milagro Económico llevaba treinta años funcionando. El Producto Interno Bruto había crecido seis veces desde 1940. Había autopistas nuevas, universidades nuevas, una clase media que compraba televisores para ver mis partidos. Había también, dos años antes, una masacre en Tlatelolco que el gobierno del PRI había intentado enterrar bajo el peso de los Juegos Olímpicos.

(Debo ser honesto aquí: cuando digo que el PRI intentó tapar Tlatelolco, sé que yo también miré hacia otro lado. Mis amigos de la FIFA y yo hemos tenido esa costumbre. Elegir las sedes con criterios que no siempre fueron deportivos. Cerrar los ojos ante lo que convenía no ver. Lo sé. Lo admito.)

Pero en ese verano de 1970, México me mostró su mejor cara, y su mejor cara era verdadera. No era máscara. Era un país que quería al mundo y que quería que el mundo lo quisiera, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo.

Me fui de México con la promesa de volver.

1986
Ilustración editorial: estadio agrietado y vacío bajo cielo gris, grieta en el campo, tonos azul-gris fríos, acuarela

Regresé dieciséis años después y México estaba de pie… pero apenas.

El 19 de septiembre de 1985, diez meses antes de que comenzara mi siguiente visita, la tierra de la Ciudad de México se sacudió con una fuerza de 8.1 grados. Dos minutos es muy poco tiempo para casi todo. Pero en esa ciudad mexica construida sobre un lago, en donde hay una catedral queriendo enterrar una pirámide, en esta ciudad que flota como posando para un cuadro de Dalí, esos dos minutos es suficiente tiempo para derrumbarse.

Murieron miles de personas. El número exacto todavía se discute porque los gobiernos tienen esa costumbre de hacer más pequeñas las tragedias que los avergüenzan. Los edificios que cayeron eran nuevos, construidos con el concreto corrupto de las concesiones del PRI, y eso lo sabían todos y nadie lo decía en voz alta.

Lo que pasó después fue lo que México no suele contarse a sí mismo con suficiente claridad: el gobierno de Miguel de la Madrid se quedó paralizado bajo la portería. El balón entrando, la red moviéndose, y el portero-presidente-gobierno con los pies clavados en la tierra, mirando. Sin saltar. Sin gritar. Sin mover los brazos. Un portero que sabe que falló y no puede creer que falló, que es la peor forma de fallar porque ni siquiera hubo intento.

Y mientras el gobierno no movía los pies, la gente de la ciudad organizó brigadas de rescate con las manos. Sin equipo. Sin instrucciones oficiales, como quien juega futbol en la calle. Lo hicieron con la geometría instintiva de quien sabe que si no actúa ahora el momento se cierra para siempre. Vecinos sacando vecinos de entre los escombros. Estudiantes cargando vigas. Mujeres coordinando desde las esquinas con esa autoridad natural que aparece en las madres y las abuelas mexicanas cuando las instituciones desaparecen.

Eso fue lo mejor de México que he visto en mis cien años de vida mundialista; más bello que el gol de Negrete.

La FIFA entonces, mis amigos, mi familia, digámoslo así, me dijo que no podía ir. Que México no estaba en condiciones. Que sería mejor buscar otro lugar. Yo sé, porque conozco a mis amigos bien, que en esa recomendación había también algo de cálculo. Pero México dijo que sí podía. Y tenía razón.

El Azteca seguía en pie. El mismo Azteca, el de 1970, con sus veinte años encima. Y llegó Hugo Sánchez.

Necesito que entiendas quién era Hugo Sánchez en 1986 para entender lo que pasó cuando entró al Azteca. Era el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos y lo sabía, que no es arrogancia sino precisión. Jugaba en el Real Madrid. Goleaba en Europa con esa acrobacia suya, con cabezazos potentísimos, con chilenas imposibles, mientras México se derrumbaba en casa. Era el Milagro Mexicano hecho persona en el único país del mundo donde el Milagro Económico ya había terminado. Un hombre que triunfaba en el primer mundo mientras su país negociaba la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional y enterraba a sus muertos del terremoto.

Cuando Hugo Sánchez entró al Azteca en ese Mundial, las ciento quince mil personas que cabían dentro, le gritaron con una intensidad que no era solo fútbol. Era la necesidad de creer que algo propio podía ser grande en un momento en que todo lo propio parecía roto.

Y luego llegó Maradona.

El 22 de junio de 1986. Cuartos de final contra Inglaterra. Primer gol: la mano. Segundo gol: esos sesenta metros que empezaron dejando mareados a ingleses que en argentina veían como soldados, y atravesar el mediocampo y no parar hasta anotar y celebrar como quien planta una bandera para poner fin a una guerra. Fue heróico.

Lo que no se ve bien en las imágenes es el silencio. Hay una fracción de segundo, cuando Maradona ya pasó al último defensa y todavía no pateó, en que el Azteca entero contuvo la respiración. Ciento quince mil personas dejaron de moverse al mismo tiempo porque lo que estaban viendo no cabía en ninguna categoría conocida y el cuerpo no sabía cómo reaccionar. Y después la red se movió y el estadio explotó, y desde Buenos Aires Víctor Hugo Morales gritaba "¡Gol. Golazo. Goool. Dios santo, viva el fútbol!" con esa voz que se iba quebrando en tiempo real porque ni él, que lo había visto todo, tenía palabras para eso.

El Azteca aplaudió a Maradona con más fervor del que jamás aplaudió a nadie propio.

Después, cuando le preguntaron por el primer gol, el de la mano, dijo que había sido "un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios." Y ahí Maradona hizo lo que los grandes siempre hacen: le echó la culpa a alguien más importante. Yo, en ese punto, estuve completamente de acuerdo con él. El balón no se mancha.

Argentina ganó ese Mundial. México llegó a cuartos y cayó en penales contra Alemania Occidental, y Hugo Sánchez pateó su penalti y entró, y México de todas formas perdió, que es también una forma muy mexicana de perder: dando todo y quedándose a un paso.

Me fui de México en 1986 sin saber si lo que sentía era amor.

Hoy sé que no era amor. Era algo más grande. Complicidad.

Y tengo que decirlo porque si no lo digo el texto miente. Cada vez que voy a un país llevo conmigo cosas que no siempre son buenas. Los estadios de Qatar 2022 los construyeron trabajadores migrantes, y las estimaciones hablan de miles de muertos, algunos dicen seis mil, algunos dicen más, y mis amigos de la FIFA miraron hacia otro lado con la misma eficiencia con que siempre miran hacia otro lado. Cada ciudad que me recibe expulsa a los que menos tienen para dar paso a los que más gastan: hoteles donde antes había vecindades, zonas VIP donde antes había gradas populares, precios que convierten la entrada al estadio en un privilegio de clase. El boleto más barato para verme en 2026 cuesta lo que un trabajador mexicano de salario mínimo tarda no sé cuántos meses en ganar.

Y el pueblo que más me necesita, el que más necesita creer que la violencia no ganó, que seguimos siendo uno pese a la política y las redes y los cárteles y la tele y las otras religiones, es exactamente el pueblo que menos posibilidades tiene de entrar a la catedral donde eso se celebra.

Soy una religión que cerró sus puertas a sus feligreses más devotos.

Lo sé. Y vuelvo. Y eso también es complicidad.

2026
Ilustración editorial: Estadio Azteca en reconstrucción, grúas y acero expuesto bajo cielo tormentoso al atardecer, acuarela

Han pasado cuarenta años.

Llegaron las noticias antes que yo. Y las noticias me preocuparon de verdad.

El estadio está en obras. El mismo Azteca. El propietario, Emilio Azcárraga, dijo en febrero con esa naturalidad mexicana para anunciar problemas graves como si fueran menores, que el estacionamiento va a quedar después del Mundial. Que hay un tema de iluminación en las columnas que no quedó bien. Tres mil millones de pesos invertidos y el estacionamiento queda después.

Y luego está lo otro.

El 22 de febrero mataron a El Mencho. Nemesio Oseguera Cervantes, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, murió en un operativo militar. Y Jalisco, una de mis tres sedes en este México, se incendió. Narcobloqueos. Autos quemados. El código rojo. El clásico femenino entre Chivas y América, suspendido.

Tres días después del operativo que acabó con El Mencho, Portugal emitió un comunicado. Preocupación por la "delicada situación". Prioridad absoluta: la seguridad de sus jugadores. Y el 20 de marzo, Roberto Martínez anunció la convocatoria sin el nombre de Cristiano Ronaldo. Una lesión en el tendón de la corva, dijo. Sufrida el 28 de febrero. Muy conveniente como fecha.

No voy a decir que la lesión es falsa. No lo sé. Lo que sí sé, porque llevo cien años en esto, es que cuando un futbolista de cuarenta y un años quiere no viajar a un lugar, el cuerpo médico encuentra siempre la razón correcta. Y cuando quiere viajar, encuentra también la razón correcta.

Cristiano Ronaldo no va a pisar el Azteca el 28 de marzo. Puede que sea la corva. Puede que sea el miedo. Puede que sea las dos cosas, que a veces el cuerpo siente lo que la mente no se atreve a decir.

Alemania dijo "estado de guerra". España pidió protocolos. Bolivia anunció una carta.

Y yo, que he visto un siglo de mundo, me pregunté algo que no me había preguntado nunca sobre México: ¿qué te pasó?

Y después me pregunté lo otro, que es la pregunta más incómoda: ¿o siempre fuiste así y yo no quise verlo?

La respuesta honesta es las dos cosas.

México en 2026 es un país de ciento treinta millones de personas. La undécima economía del mundo. Un país de tacos de canasta y de omakase de cuatro mil pesos en la misma colonia, de banda sinaloense y Spotify en el mismo taxi, de celulares más nuevos que los coches. Un país que en 1970 no existía de esta forma y que en 1986 apenas se adivinaba. Un país donde la gente sigue comprando boletos de rifa para ir al Mundial porque la entrada directa no es una opción, y donde esa rifa se compra con la misma fe con que sus abuelos compraban escapularios.

Es también un país donde el crimen organizado puede paralizar un país entero con la muerte de un hombre. Donde la presidenta dice "no hay ningún riesgo" con la misma entonación con que los gobiernos de 1985 decían que los edificios estaban bien construidos.

Yo he visto mucho. Sé distinguir entre la dificultad real y el desastre fingido. Lo que veo en este México no es ninguna de las dos cosas solas. Es un país que tiene un problema verdadero con la violencia y que prefiere anunciarlo en los términos más optimistas disponibles. Es un estadio que simboliza algo que México hace sistemáticamente: declarar el futuro antes de que el presente esté terminado. Nos nubla la vista el quinto partido y por eso caemos al filo del cuarto.

Y es, también, algo que no puedo ignorar porque lo conozco desde hace décadas: la capacidad de este país para hacer con lo que tiene lo que otros no harían con el doble.

Y está la otra cosa. La que más me pesa.

Pelé levantó la Copa aquí. Maradona hizo lo que nadie ha podido nombrar aquí. El mismo pasto. El mismo óvalo de concreto. El mismo rugido de ciento quince mil.

Los dos más grandes de los últimos veinte años llegan a este Mundial en la recta final. Messi tiene treinta y ocho. Cristiano tiene cuarenta y uno. Es posible — no seguro, pero posible — que sea la última vez que los veo. Y sus grupos están en Houston. En Dallas. En Miami. En ciudades donde el fútbol es el quinto deporte en importancia y los estadios tienen nombre de empresa; igual que el mío, que ya no se llama Azteca sino Banorte, por si alguien pensaba que esa costumbre era solo de los americanos.

Para que Messi o Cristiano pisen el Azteca, tendrían que avanzar hasta las rondas eliminatorias asignadas a México. Que lleguen. Que el cuadro los traiga aquí. Que la FIFA, que soy yo en parte, haya decidido que ese cruce particular ocurra en esta ciudad.

No está garantizado. Es posible que los mejores jugadores de su generación vengan al país que organizó el Mundial tres veces y nunca toquen el césped que convirtió en leyendas a los mejores de las generaciones anteriores.

Yo quiero verlos aquí. El Estadio Azteca los quiere aquí — aunque ahora se llame Estadio Banorte, que es lo que le pasa a los templos cuando los dioses necesitan patrocinador. El país que más necesita creer que algo grande todavía puede pasar en su suelo los necesita aquí.

Pero el calendario no me preguntó.

Y el estadio va a rugir.

Como rugió cuando Pelé levantó la Copa. Como rugió cuando Hugo Sánchez entró y miles de personas le dijeron sin palabras que él era la prueba de que algo propio podía ser grande. Como rugió cuando Maradona hizo lo que nadie había hecho ni volvería a hacer.

Ese rugido es lo que vine a buscar. Lo que siempre vine a buscar.

Y sé, con la culpa y el amor enredados como siempre los he tenido, que ese rugido también me pertenece. Que soy parte de lo que lo hace posible y parte de lo que lo hace imposible para quienes más lo necesitan.

Cuarenta años. Tres visitas. Un estadio que nunca está del todo listo para un país que de todas formas siempre lo recibe.

Quizás eso somos los dos: una promesa que se cumple a medias y a medias es suficiente para seguir creyendo.

Vuelvo en junio.

VAR Marzo · 2026