En una esquina del Zócalo, una vendedora ambulante vendía a diez pesos billetes falsos de un dólar con la cara de Shakira. Eran souvenirs. No tenían intención de pasar por reales... pero sí que tenían un valor. Es raro, lo sé. Los billetes verdes tenían el rostro de la cantante colombiana en donde debería estar el de George Washington. Las mujeres los compraban y los guardaban en su bolsa con sumo cuidado; algo que llamó mi atención porque un billete normal no recibiría ese trato ceremonioso.

Pagar diez pesos por un papel que no vale ni un peso en su fabricación es mucho más que una decisión económica. Pagarlo por una artista es respaldo. Una divisa privada cuyo respaldo no es oro sino narrativa y emoción, y cuya tasa de cambio depende de cuántos años llevas escuchándola.

Vendedora ambulante con jersey del América sostiene un cartel con billetes de un dólar con la cara de Shakira a diez pesos cada uno, en el Zócalo de día
Zócalo, Ciudad de México · Fotografía · Lorenzo León

Horas antes de empezar el concierto, hablando con quien se dejara, una mujer me dijo, parada junto a su hija, que Shakira "es una chingona porque aguantó todo y luego se hinchó de dinero escribiendo esas canciones". La señora tenía cuarenta y tantos. Era divorciada. Trabajadora del metro. Su hija, quien quería escuchar "La Loba", la escuchaba sin desviar la mirada.

La declaración de la fan de Shakira es una operación financiera completa. "Aguantó todo" es el costo. "Se hinchó de dinero" es el rendimiento. El "es una chingona" es la valoración del activo. La señora-fan, que en teoría es la consumidora pasiva del relato, había hecho el análisis y decidió que un billete falso con el rostro de su artista favorita incluso estaba barato a diez pesos. Lo que los intelectuales de género llaman "mercantilización del dolor femenino", ella lo resolvía como justicia retroactiva en una frase.

Y me pareció bien. Yo no lo hubiera podido decir mejor.

Madre e hija con pelucas moradas en el Zócalo, antes del concierto de Shakira
Zócalo, Ciudad de México · Fotografía · Lorenzo León

Si escuché bien, los gritos más fuertes de la noche no fueron por las canciones nuevas. Sonó "Sesión 53" y la gente cantó. Sonó "Acróstico" y vi a alguna llorar. Pero los momentos eléctricos, los que hicieron que el Zócalo dejara de ser una plaza y se convirtiera en otra cosa, llegaron con "Estoy aquí", "Inevitable" y "Pies descalzos". Canciones de los noventa; es más, canciones del siglo pasado. Hits que se cantaron por primera vez antes de que gran parte de la audiencia tuviera vocabulario para decir lo que sentía.

Eso me pareció lo más interesante. Las canciones del divorcio no detonaron el Zócalo. Nadie va a negar que son un gran combustible de marketing, pero solo le pusieron firma a algo que llevaba treinta años circulando. Las mujeres que cantaban "Inevitable" estaban pensando en el primero que las dejó y se daban cuenta de que estaban bien, cantando de pie. Fue hermoso ver eso en silencio.

También, antes del concierto, vi a un hombre con dos hijas sentados en la plancha del Zócalo soportando el sol con tal de tener un buen lugar. Eran de Ecatepec. Las había llevado desde temprano. Era la primera vez que la veían en vivo. Antes no les había alcanzado. Y él, padre de cuarenta años, comerciante, era el más emocionado.

Poco se habla de los hombres que sostienen la economía Shakira. No los del meme con peluca, sino los que pagan el viaje, los que conducen tres horas desde la periferia de la ciudad, los que aguantan la fila sin protestar porque su hija o esposa necesita estar ahí. Esa infraestructura masculina silenciosa es la que permite que el rito sea posible también.

Padre con dos hijas sentados en la plancha del Zócalo, esperando el inicio del concierto de Shakira bajo el sol de marzo
Zócalo, Ciudad de México · Fotografía · Lorenzo León

El concierto gratuito obviamente tuvo un costo. Fue un stunt publicitario ni siquiera en el fondo, muy en la superficie. Era visible que Corona fue el patrocinador único del concierto. El logo de la cervecera flanqueando el escenario, el hashtag #100AñosDandoElExtra en pantallas, y coronitas de papel repartidas en la entrada. La cervecería cumplía cien años en México y Shakira era la velita.

Las coronitas se las pusieron la gran mayoría sin pensar y así aparecían en las selfies. Acepté la mía con el mismo automatismo, ahí donde me la dieron, antes de entrar a la plancha. Funcionaban como las pelucas moradas. Pero las pelucas se compraban a una vendedora ambulante; la corona la regalaba la marca. Los y las fans se ponían las dos sin distinguir. Para efectos del cuerpo, pesaban igual.

La ironía vino con el sol. Era la primera tarde de marzo y el calor torturaba a treinta grados. La marca de cerveza estaba en cada extremo de la plaza, pero la paradoja es que no se podía beber alcohol. Una multitud deshidratada, rodeada del logo de una bebida que no se le permitía consumir. Corona pagó el concierto no para vender cerveza, sino para vender la idea de que su cerveza te da acceso a las emociones que genera una artista que fue capaz de romper el récord de asistencia en el Zócalo, con 400 mil personas. Corona pagó para aparecer y así conectar su marca a una noche memorable.

Pareja en el suelo del Zócalo: él con corona de papel de la marca Corona en la cabeza, ella dormida sobre sus piernas durante la espera previa al concierto
Zócalo, Ciudad de México · Fotografía · Lorenzo León

El gobierno de la Ciudad facilitó la plaza. No hubo dinero del erario, dijeron. Solo el espacio. Pero el espacio era lo que importaba: la cervecería no necesitaba un estadio, necesitaba el corazón del país, figurar frente a Palacio Nacional, La Catedral y Templo Mayor. Imposible no recordar que esta misma plaza llena de pelucas moradas, también ha albergado, en vez de cánticos pop, las consignas desgarradoras de familias que buscan a sus hijas desaparecidas, donde marchan los maestros, donde el país se pone de pie cuando algo le duele.

Shakira no firmaba con la marca. La marca firmaba con ella. La artista fue el medio, el cumpleaños fue el motivo, las cuatrocientas mil personas fueron el alcance.

Yo no soy fan de Shakira. Pero no por ella, sino porque soy rara. Escuché cosas distintas, crecí con un hermano metalero. Pero me gustan algunas, sé sus canciones, las he tarareado en cocinas y en carros con amigos regresando de una fiesta, las identifico en tres notas. Pero el desbloqueo emocional que las mujeres a mi alrededor demostraban con tanta precisión, a mí no me llega y por eso cuando ellas lloraban, yo observaba al principio seria y luego escribía. Ellas cantaban, yo tomaba notas. Ellas lloraban, yo escribía con letra chiquita y desordenada.

Mi pregunta antes de venir al Zócalo no era qué tenía Shakira. Mi pregunta era qué tenían ellas. La respuesta, hasta donde alcanzo a comprender, es que ellas la necesitan para ordenar el caos de la vida amorosa.

Por eso ahora pagan diez pesos por un dólar de papel y le pagan en horas de fila para confirmar, junto a otras como ellas, que aquello que les pasó tenía nombre, y que la cantante de la voz aguda lo había escrito en los noventa mucho antes de que ellas supieran que un día lo iban a necesitar.

Al final del concierto yo también compré un billete. Lo guardé en la bolsa para tener la prueba de que ya entendí.

Siluetas del público viendo la pantalla del escenario con la Catedral Metropolitana iluminada al fondo durante el concierto de noche
Zócalo, Ciudad de México · Fotografía · Lorenzo León
Ruido Blanco Marzo · 2026