Cuando aparecieron los lobitos en la pantalla, algo se descolocó en mí. Me pregunté si lo mismo pasó entre la multitud.
La noche del 1 de marzo en el Zócalo de la Ciudad de México, Shakira había hecho una pausa, un piano había aparecido en el escenario —señal inequívoca, la gente ya lo sabía— y antes de que cantara la primera nota de "Acróstico", las pantallas gigantes proyectaron la imagen de dos pequeños lobos. Milan y Sasha, sus hijos. Que en términos de narrativa pop son los hijos de uno de los divorcios más cubiertos de la década. El grito que vino fue inmediato y masivo. Escuché cómo la plaza reaccionó al mismo tiempo. Fue en ese momento cuando pensé, por primera vez en la noche, en mi hijo.
Lo que hizo Shakira —y esto es lo que me parece al mismo tiempo admirable y perturbador— fue tomar ese origen y construir con él un sistema completo. El álbum, la gira, los videos, el inflable gigante de una loba que domina el escenario: todo cuenta la misma historia en orden cronológico. El corazón se rompe. El corazón sangra. El corazón aprende a latir solo otra vez y, claro, también aprende a facturar. El setlist de aquella noche fue una autobiografía con producción de luces y fuegos artificiales. "Estoy aquí" era la chica de veintidós años que aún no sabe lo que viene; "Acróstico" era la madre que encontró en sus hijos el único piso firme. Y la colaboración con Bizarrap, "Session Vol. 53", fue el veredicto que timbró la primera factura.
Hay una distinción que ningún análisis del fenómeno ha hecho bien. Una cosa es el acto creativo, componer la canción, grabar el disco; otra muy distinta es cantarlo en una gira que parece no tener fin o que está obsesionada con pulverizar récords. Es decir, el disco es donde se entrega el dolor; la gira es donde se comprueba que esa herida ya no es sólo del artista.
La gira Las Mujeres Ya No Lloran es, en términos estrictamente económicos, una de las operaciones más exitosas del pop latino en la historia reciente: 421 millones de dólares en ingresos globales y un cierre en el Zócalo con 400 mil personas que superó por cien mil el récord histórico de Los Fabulosos Cadillacs.
La Cámara Nacional de Comercio de la Ciudad de México estimó una derrama de 403 millones 613 mil pesos solo en hoteles y restaurantes del Centro Histórico. Son cifras que merecen respeto y que incomodan en igual medida. Porque todo ese dinero tiene un origen muy preciso: un hombre la engañó.
Esa noche en el Zócalo, en algún punto del concierto, miles de voces gritaron "Chinga tu madre, Piqué…". Un cántico. Una liturgia. Lo gritaron mujeres que habían acampado días antes para estar cerca del escenario, mujeres que habían llegado con sombrillas y agua y las canciones memorizadas desde hace años. Lo gritaron como se grita un himno de guerra o como se grita lo que no te dieron permiso de decir en tu propia habitación. Shakira, desde el escenario, se llevó la mano detrás de la oreja. Más fuerte. Si ese gesto fue bálsamo o gasolina, solo ella lo sabe. Lo que sé es que esos gritos van a existir para siempre en los videos de esa noche, y que Milan y Sasha, en algún momento de su vida, los van a escuchar y dimensionar. Van a ver a su madre llevarse la mano a la oreja. Van a entender que el nombre de su padre era el cántico de cuatrocientas mil personas. No sé qué harán con eso. Nadie lo sabe todavía.
Lo que sí me queda claro es que el dolor, cuando se vuelve pop, no solo se procesa: también se amplifica, se replica, se convierte en imaginario colectivo. La canción que Shakira escribió sobre su traición ya no le pertenece solo a ella. Le pertenece a cada mujer que la escuchó y pensó eso me pasó a mí también. El resultado de esa alquimia es hermoso y es violento al mismo tiempo. Es apología de la venganza vestida con la mejor ingeniería pop y el olfato de cantautora. Es el dolor de una persona convertido en el combustible emocional de un continente.
No sé si eso le hace bien a ella. No sé si les hace bien a ellas. Lo expongo y quizá me expongo al articularlo como pregunta. Soy hijo de padres divorciados y, a su vez, soy el padre de un hijo de padres divorciados. Sé lo que es estar en esa posición sin haberla elegido, o creer que la elegiste sin tener aún el mapa completo de lo que significaba estar ahí. No voy a decir más de eso porque esa historia también le pertenece a mi hijo, cuya versión de los hechos puede ser completamente distinta a la mía. Esa conciencia —la de que mi historia toca la suya sin que él haya pedido ser personaje— es el ángulo desde el que quiero ver el fenómeno del último disco de Shakira y su gira maratónica.
Shakira no se hizo esa pregunta. O se la hizo y la respuesta fue un escenario.
"Acróstico" es una canción que escribió con Milan y Sasha, sobre Milan y Sasha, y que ahora canta frente a cuatrocientas mil personas mientras sus imágenes aparecen en pantallas del tamaño de edificios. Los niños participaron. Shakira dice que lo hicieron por decisión propia. Puede ser completamente cierto. Los niños también pueden amar el escenario y al mismo tiempo no entender todavía lo que significa que su dolor familiar sea el núcleo de un espectáculo masivo. Esas dos cosas no se cancelan. Y yo, que tengo un hijo que tampoco pidió estar en el centro de una historia de divorcio, solo sé que no me gustaría verlo en esa posición: crecer sabiendo que el mundo entero canta la herida antes de que él haya podido decidir qué hacer con ella.
La pregunta que no me pude sacar de la cabeza durante dos horas en el Zócalo es la misma que me hago sobre mi propia historia: ¿en qué momento la fidelidad a uno mismo como artista se convierte en una deuda con los que uno cuida y más ama en el mundo? Quizá la diferencia radica en hacerlo desde el amor y la búsqueda de entender qué pasó y no desde la revancha y de creer que la infidelidad, por real que sea, es la causa y no el síntoma.
No tengo respuesta. Shakira tampoco, creo. Pero ella encontró algo que yo no he encontrado todavía: la manera de hacer que la pregunta rinda 421 millones de dólares mientras la procesa.
Cuando recuerdo el concierto me viene a la cabeza una mujer de unos cuarenta años, llorando de esa manera particular en que la gente llora cuando acaba algo que necesitaba con urgencia. No de tristeza. Como se llora cuando alguien finalmente dice lo que necesitabas escuchar.
Eso es lo que Shakira le dio a sus fans en el Zócalo. Las mujeres que gritaron esa noche no son un dato de encuesta ni un fenómeno sociológico. Son personas que encontraron, en la voz de una colombiana con inflable de loba y producción millonaria, el permiso de decir en voz alta lo que no habían podido decir de otra forma. El dolor de muchas reconociéndose en el dolor de una sola.
Al final del concierto, rebasando rumbo al metro a hombres y mujeres y niñas con pelucas moradas, pensé en mi hijo.