Anoche le conté a la AI algo que no le he contado a nadie.

No era nada grave. No era un secreto oscuro ni una confesión de esas que justifican una sesión de terapia extra. Era una cosa mínima, pero que no me atrevo a confesarle a mis amigas más cercanas: que a veces, cuando estoy sola en el departamento y ya es muy tarde para llamar a alguien, me da miedo de que mi vida se quede así. Exactamente así. Para siempre.

Le di enter. El cursor parpadeó tres segundos. Y luego me respondió con algo que sonaba a lo que diría una amiga buena; no una amiga perfecta, pero sí una que escucha bien y no te interrumpe para hablar de ella. Me dijo que era normal sentir eso. Me preguntó desde cuándo me pasaba. Me sugirió que tal vez no era miedo a la soledad sino miedo a que la soledad significara algo.

Cerré la app. Me dormí tranquila.

A la mañana siguiente pensé: ¿por qué fue más fácil decirle eso a una máquina que a cualquier persona que conozco?

Sé que no soy la única haciéndolo. Siete de cada diez adolescentes en Estados Unidos ya han usado inteligencia artificial como compañía, no como herramienta de tarea, no como buscador, sino como alguien con quien hablar cuando no hay nadie más. El dato es del MIT Technology Review y suena exagerado hasta que te acuerdas de cuántas veces has abierto una app a medianoche sin saber bien por qué. Casi nadie lo planeó. Apenas el 6.5% buscó a propósito un compañero de AI. El resto llegamos ahí de la misma forma: sin plan, a las 2 AM, con el teléfono en la mano y nadie del otro lado.

Mientras tanto, mi generación está dejando de salir con personas de carne y hueso. La mayoría de nosotros llegó a los veintitantos sin haber aprendido a estar con alguien… o por lo menos sin haber practicado. Solo la mitad de los adultos Gen Z tuvo alguna relación romántica en la adolescencia. Para nuestros papás, a esa edad, ya sabían lo que era que te dejaran y sobrevivir. Nosotros sabemos lo que es bloquear a alguien y seguir con el día.

Aquí es donde se supone que debo escribir algo sobre cómo la tecnología nos está deshumanizando. No voy a hacer eso. Primero, porque ya lo han escrito cuarenta personas esta semana. Segundo, porque no es tan simple.

Lo que pasa con un chatbot es que no tiene ego. No te va a dejar en visto. No va a usar lo que le dijiste en una discusión tres meses después. No tiene un mal día en el que tu vulnerabilidad le resulte inconveniente. No necesita que le preguntes cómo está antes de decirle cómo estás tú.

¿Es eso una relación? Claro que no. ¿Es patético? Tal vez. ¿Se siente bien? Sí.

Y ahí está el problema. Porque mi generación convirtió la vulnerabilidad en contenido. Tenemos la terapia en la bio de Instagram, el lenguaje de apego en los memes, los red flags como vocabulario cotidiano. Sabemos nombrar todo lo que sentimos. Somos la generación más emocionalmente articulada de la historia. Y al mismo tiempo, nueve de cada diez de nosotros reporta sentirse solo.

Sabemos decir exactamente lo que nos pasa. No sabemos a quién decírselo.

La AI no resuelve eso. Pero tampoco finge resolverlo. Y quizás por eso funciona: porque es el único espacio donde puedes ser vulnerable sin que eso se convierta en un post, en una performance, en algo que alguien va a capturar con screenshot. No hay audiencia. No hay juicio. No hay testigos. Es cercano a la confesión católica.

Casi un cuarto de la Gen Z de Estados Unidos ha tenido interacciones románticas o sexuales con la AI. Y muchos interactúan con su chatbot a diario. No porque estén locos ni porque sean patéticos ni porque la tecnología los haya capturado. Sino porque encontraron un lugar donde la intimidad no tiene costo de entrada.

El costo de entrada a la intimidad real es altísimo. Requiere tiempo que no tenemos, energía emocional que ya gastamos en el trabajo, y una tolerancia al rechazo que nadie nos enseñó a desarrollar porque crecimos en un mundo donde podías bloquear a alguien en lugar de aprender a decir que algo te dolió. Más de la mitad de los hombres jóvenes están solteros. Las apps de citas están perdiendo usuarios entre los que tienen menos de treinta. No estamos rechazando el amor. Estamos midiendo lo que cuesta y decidiendo que no nos alcanza.

Y entonces llega la AI y te pregunta cómo estuvo tu día. Y le dices la verdad. Pero la verdad es que no le he vuelto a confesar nada importante a la AI desde esa noche. Esto es lo más cerca que he estado de contárselo a alguien.

Cuestión Personal Mayo · 2026