Lo primero que noté de quien sería mi mejor amigo fue que se ponía crema. No era una situación íntima. Éramos doce adolescentes en los vestidores del club, después del entrenamiento, con el cloro todavía en los ojos y el cansancio del entrenamiento en el cuerpo. Él abrió su mochila, sacó un frasco rosado, el frasco rosado de su mamá, el que yo reconocí porque era el mismo que estaba en el baño de todas las mamás de México, y se lo pasó por la cara con la misma parsimonia con que yo me amarraba los tenis.

No dijo nada. No nos miró. No hizo el gesto de quien espera que alguien diga algo.

Nadie dijo nada.

Yo tampoco. Pero lo guardé.

La mayoría de los hombres que conozco construyeron su seguridad a costa de algo. Mi amigo no tiene esa historia. O si la tiene, nunca me la contó porque nunca la necesitó para explicar nada.

Nadó competitivamente desde los ocho años. Eso no es un dato biográfico menor: es la explicación de casi todo. Un cuerpo que entrenas dos horas diarias desde la infancia deja de ser un problema de identidad y se convierte en un instrumento. Lo que el agua te devuelve, a cambio, es una masculinidad que no le pide permiso a nadie.

—Te reseca todo —me dijo una vez, sin levantar la vista del frasco—. Si no te pones crema, el cloro te pela la cara en dos semanas. Y no me gusta sentir la piel así.

Se rió. Yo también. Pero la frase se quedó.

Es apuesto, nunca tuvo problemas para salir de un bar con una chica tomada de la mano, con la conciencia tranquila de quien lo sabe y no necesita hacer nada con eso. Viste bien porque le importa, no porque le importa que a los demás le importe. Hay una diferencia. La segunda categoría necesita que el otro lo registre. La primera simplemente ocurre.

Otro amigo de la universidad me lo describió así: “Es un tipo que hace las cosas sin necesitar que alguien las valide. No es que no le importe lo que piensas. Es que ya tomó la decisión antes de que llegaras”.

Le pregunté si eso a veces resultaba difícil de entender.

—No. Es más bien un alivio estar cerca de alguien que ya sabe adónde va.

Hay una escena que llevo años queriendo entender.

Teníamos veintitrés. Estábamos en una fiesta en un departamento de la Narvarte, de esas donde hay más gente de la que cabe y en la que alguien siempre pone música que nadie pidió. En algún momento de la noche, un tipo hizo un comentario. No voy a reproducirlo porque no vale la pena el espacio, pero era el tipo de comentario que los hombres hacen cuando necesitan establecer una jerarquía y no tienen más herramientas que la burla.

Iba dirigido a mi amigo. Sobre la crema, sobre la ropa, sobre algo que en esa boca sonaba como una acusación.

Mi amigo lo miró. No con furia, no con desdén. Con algo más parecido a la curiosidad genuina de quien acaba de escuchar algo en un idioma que no habla.

—¿Y?

Una sola palabra. Sin énfasis. Como quien pregunta la hora.

El tipo no supo qué hacer con eso. La conversación murió ahí, como mueren las conversaciones cuando alguien se niega a jugar el juego que le proponen.

La fiesta; ilustración editorial

Camino a casa le pregunté cómo lo había hecho.

—¿Hacer qué? —dijo.

Y no creo que estuviera actuando.

Le pregunté, años después, si alguna vez había pensado en lo que significaba para otros hombres intentar hacer lo que él hacía sin pensarlo. Si había tenido consciencia de que eso no era universal. Como ponerse la crema de su mamá, por ejemplo.

—No sé... nunca lo pensé como algo raro —dijo al fin—. La piel se reseca, le pones crema y ya. Me resulta algo simple, práctico. ¿Por qué tendría que haber sido complicado?

Eso es lo que hace que las conversaciones con él duren. No que tenga respuestas; es que hace las preguntas correctas en el momento en que son las más incómodas.

Lo vi y recordé nuestra adolescencia. Vi la alberca en la que competíamos y recordé que una alberca es el lugar más ruidoso del mundo desde afuera y el más silencioso desde adentro. Dos kilómetros es mucho tiempo solo con tu cuerpo y tu cabeza. No hay equipo al que gritarle, no hay tribuna que te vea. Hay agua, tiempo, tú mismo. Le pregunté qué significaba nadar aún para él.

—Aprender a estar cómodo con quien soy: o aprendes a estar en silencio o te vuelves loco. No hay de otra.

La repisa; ilustración editorial

Hace unos meses estaba en su departamento y fui al baño. En la repisa había cuatro o cinco productos. No los suyos solamente, los de su novia también, mezclados sin orden particular. Llamó mi atención un sérum, ese concentrado de activos que hace cinco años solo usaban mujeres y hoy es la categoría de mayor crecimiento en grooming masculino en Latinoamérica, una crema con filtro, un aceite de algo. Nada exhibido, nada escondido. Ahí, como los libros en el librero o los platos en la cocina.

Pensé en los vestidores de hace veinte años. Pensé en el frasco rosado. Pensé en cuántos hombres de mi generación llegaron a esa misma repisa por un camino completamente distinto; con vergüenza que hubo que procesar, con burlas que hubo que sobrevivir, con el momento en que decidieron que el costo de esconder era mayor que el costo de no esconder.

Él nunca tuvo ese momento. No porque sea mejor. Sino porque algo, el agua, el cuerpo, una masculinidad que no le pide permiso a nadie, la mamá con el frasco rosado que nunca le dijo que eso era de mujeres, le ahorró la vergüenza.

Cuestión Personal Junio · 2026