Mi hija vio la luna, hace unos meses, a través del telescopio que hizo su abuelo. Puso el ojo en la misma mirilla en la que yo observé la luna cuando era un niño. Vi cómo la luz lunar iluminó el ojo de mi hija —a su vez, el rostro de mi padre se le encendió con una sonrisa— y después vi el asombro de mi niña de cinco años. Y recordé las muchas noches en que yo vi cráteres y ese resplandor que parece bañado de plata, al lado de mi viejo que, en ese entonces, tenía mi edad.

Pocas semanas después se viralizó una fotografía que confirmaba que la superficie de la luna era colorida. Llegó etiquetada como una imagen del Artemis II —la misión de la NASA que acaba de llevar cuatro astronautas alrededor de la luna por primera vez en más de cincuenta años— y durante horas nadie la cuestionó porque nadie quería cuestionarla. Era demasiado hermosa para no ser verdad.

Recuerdo haber visto la foto de la luna de colores por primera vez y no entender qué estaba viendo. No porque fuera confusa —era perfectamente clara— sino porque contradecía algo que había asumido como hecho durante toda mi vida: que la luna es blanca o gris, o la combinación de los dos que uno aprende a llamar luz lunar; esa cosa fría que ilumina los jardines a medianoche y hace que el mar nocturno tenga una constelación de destellos plateados.

La foto mostraba la luna entera, y se parecía más al piso regado de confeti de una fiesta infantil: azul profundo en el Mare Tranquillitatis (el Mar de la Tranquilidad, donde Armstrong pisó en 1969); naranja en las tierras altas; y también manchas rojas y púrpuras y algo parecido al verde.

La superficie completa, esa esfera que he mirado miles de veces desde el telescopio de mi padre o desde camiones cuando pegaba la frente en la ventana para pensar en mi vida, resultaba ser una cosa completamente distinta a lo que yo creía que era.

Después llegó el desmentido: la foto no era del Artemis II. La había tomado un astrofotógrafo amateur desde su telescopio, procesando decenas de miles de fotogramas para amplificar diferencias de color que el ojo humano no puede percibir en la luz reflejada. No inventó nada. Los colores son reales, son minerales, son titanio y hierro y basalto volcánico que lleva ahí miles de millones de años.

Solo usó el instrumento correcto para sacarlos a la luz.

Y sin embargo lo que el Artemis II sí hizo, desde la ventana del Orion durante el sobrevuelo del 6 de abril, fue exactamente eso: la tripulación reportó que podía ver diferencias de color en la superficie lunar a simple vista. Marrones, verdes, matices que ningún astronauta parecía haber descrito con tanta claridad en décadas. El instrumento en ese caso no era una cámara con filtros espectrales; eran cuatro pares de ojos humanos más cerca de la luna que cualquier persona viva.

La luna no cambió. Cambió el instrumento y también la distancia con que la miramos.

Detalle de la superficie lunar revelando su composición mineral por capas de color
Astrofotografía · Vía redes sociales

Vivimos en una época en la que hay razones urgentes para poner los ojos en la Tierra en vez de la luna: el desorden global, los hombres pequeños en posiciones de poder que confunden el miedo con la fuerza.

Debería estar mirando eso, pero no puedo dejar de pensar en la luna de colores.

Porque lo que me dejó la imagen no fue asombro astronómico. Fue algo más incómodo: la conciencia de que yo había construido una certeza sobre algo que nunca había visto realmente. La luna blanca no era un dato del mundo; era un dato de mis ojos. Y durante toda mi vida di por hecho que la luna era una cosa cuando era otra, no porque fuera descuidado ni porque nadie me corrigiera. Me equivoqué porque mi instrumento tenía un límite y nunca lo cuestioné.

Eso me parece un problema más serio que la astronomía. Es uno filosófico, de óptica. Pienso en cuántas cosas he creído con la misma certeza. Las personas que creo conocer. Las ciudades en las que creo haber vivido. Las épocas que atravesé y de las que conservo una versión parcial.

Sé, por ejemplo, que conozco a mi esposa desde hace una década y podría hacer una lista de sus características. Sé cómo reacciona bajo presión. Sé qué le da miedo. Sé cuándo miente por omisión. Y al mismo tiempo tengo la sospecha —cada vez más frecuente, cada vez menos cómoda— de que lo que conozco de ella solo lo alcanzo a ver por el instrumento limitado de mi percepción.

¿Qué colores de ella no veo por la luz que quema lo demás?

Hay una palabra que uso con más frecuencia de lo que me gustaría: certeza. La uso cuando quiero decir que algo está resuelto, que ya no necesita más atención, que puedo guardarlo en el cajón y dedicarme a lo que todavía está abierto. La certeza como liberación de recursos. Como decisión de eficiencia.

El problema es que la certeza sobre la luna —blanca, fría, sin color— también era eficiente. Me funcionó toda la vida. No me causó ningún problema práctico. Y sin embargo era verdadera solo hasta donde llegaban mis ojos, mi instrumento.

Me pregunto si a mi edad es posible afinar ese instrumento, mi percepción, mi forma de ver y notar la belleza que a veces la luz entierra.

No tengo respuesta. La única certeza que tengo ahora mismo es que quiero que mi hija se despierte para contarle que la luna que vio a través del telescopio de su abuelo es, en realidad, de colores.

Cuestión Personal Abril · 2026