En la calle donde vivo había siete palmeras. Ahora hay cuatro. Las otras tres son troncos sin palmera. Nadie puso una esquela, nadie hizo un homenaje, nadie comentó nada en la junta de vecinos. Un martes amanecieron con un círculo de pintura naranja en el tronco. El jueves llegó una grúa. El viernes ya no estaban.

Así se muere algo que lleva décadas en el paisaje: sin aviso y sin que nadie sepa bien cuándo fue la última vez que lo vio de pie.

Las palmeras canarias llegaron a la Ciudad de México entre finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. La historia es casi una caricatura: el presidente Miguel Alemán viajó a Los Ángeles, vio los bulevares de Beverly Hills forrados de palmeras y decidió que la capital de México merecía lo mismo. Mandó traer ejemplares de Phoenix canariensis desde las Islas Canarias y las plantó en camellones, glorietas y avenidas. No hay registro de que consultara a un biólogo. No le preguntó al suelo ni al clima. Quiso una ciudad que se pareciera a otra y la ciudad obedeció.

Lo absurdo es que funcionó. Las palmeras, que no tenían ninguna razón ecológica para estar aquí, se volvieron parte del paisaje. Ochenta años después, cualquiera que haya crecido en la Del Valle, la Narvarte o Polanco las tiene grabadas como parte de lo que esta ciudad es. No como decoración. Como identidad. Como las jacarandas, que tampoco son de aquí pero cada marzo nadie les pide pasaporte.

Palmera canaria viva contra cielo de tormenta, blanco y negro
Fotografía · Lorenzo León

La diferencia es que a las jacarandas les fue bien. A las palmeras, no.

Ahora se están muriendo. Y lo que me interesa no es tanto por qué sino lo que significa que se vayan.

Los hechos, porque importan: un hongo llamado Nalanthamala vermoesenii les provoca una enfermedad conocida como pudrición rosada. También las atacan fitoplasmas, que son patógenos para los que no existe cura. Investigadores de la UNAM han identificado diversos agentes que las están matando y todavía no terminan de contarlos. El estrés hídrico, la contaminación y el cambio climático las debilitaron hasta volverlas vulnerables a todo. La primera muerte registrada fue en 2011. Desde entonces, la Secretaría del Medio Ambiente ha retirado cientos de palmeras muertas. En 2025 arrancó un programa para retirar mil quinientas más. De las más de doce mil palmeras censadas en las alcaldías más afectadas, miles han necesitado algún tipo de tratamiento. A muchas no les sirvió de nada: en la Avenida Universidad todavía se ven los agujeros de las vacunas que les inyectaron antes de que murieran de todas formas.

Frondas secas colgando de palmera muerta, blanco y negro
Fotografía · Lorenzo León

Van a ser reemplazadas por árboles nativos: duraznillos, tejocotes, arrayanes. Tiene sentido. Son especies que pertenecen al Valle de México, que no revientan el pavimento con sus raíces, que ofrecen servicios ambientales reales. Es la decisión correcta.

Y aun así duele.

Duele porque nadie se despide de las cosas que siempre estuvieron ahí. Se despide uno de las personas, de los perros, de las casas. Pero no de un árbol que no era árbol sino palmera, que no era nativa sino importada, que no era necesaria sino caprichosa. Y sin embargo, esa palmera era la que veías cada mañana al salir de tu casa. Era la que te indicaba que ya habías llegado a tu calle. Era la referencia que le dabas al taxista: "donde están las palmeras grandes, ahí métase."

Personas caminando frente al memorial de la Glorieta de las y los Desaparecidos, Paseo de la Reforma
Fotografía · Lorenzo León

La más famosa de todas estuvo un siglo en la Glorieta de la Palma, en Paseo de la Reforma. Un siglo. Sobrevivió terremotos, crisis, marchas, el peso del smog y la aceleración del tráfico. En abril de 2022 la retiraron; el hongo la había matado. La ciudad hizo una consulta para decidir qué plantar en su lugar y más de setenta y siete mil personas votaron por un ahuehuete. Lo trajeron desde Nuevo León, lo plantaron el Día Mundial del Medio Ambiente con ceremonia y batucada. Dos días después, un conductor perdió el control de su camioneta, se subió a la glorieta, cortó uno de los cables tensores y el ahuehuete se vino abajo. Dos días. La ciudad no pudo cuidar ni cuarenta y ocho horas lo que eligió para reemplazar lo que había tardado cien años en perder.

Pero lo que pasó entre la palma y el ahuehuete es lo que no me deja dormir. Cuando la palmera cayó y la glorieta quedó vacía, alguien la miró y vio lo que realmente era: un pedestal sin nadie encima. En mayo de 2022, colectivos de familias de desaparecidos ocuparon ese vacío. Pusieron los rostros de sus hijos, de sus hermanas, de sus padres. Casi cien mil personas desaparecidas en este país, y sus fotografías llenaron el espacio que dejó una palmera muerta. Llamaron al lugar la Glorieta de las y los Desaparecidos. Las autoridades retiraron las imágenes. Horas después de que plantaron el ahuehuete, las familias volvieron a poner las fotos alrededor del árbol. Lo bautizaron El guardián de los desaparecidos. Es la única glorieta de todo Paseo de la Reforma que nunca ha tenido un monumento oficial; y es la que más dice sobre este país.

Cuadrilla del SAPA retirando un tronco de palmera talada en una avenida de la Ciudad de México, blanco y negro
Fotografía · Lorenzo León

Lo que se pierde no es un árbol. Es un vocabulario. Es la forma que tenía la ciudad de verse a sí misma. Y a veces, cuando lo que desaparece deja un hueco, el hueco dice más que lo que estaba ahí.

Mi hija me mandó una foto desde París la semana pasada. Era de un parque, un jardín, árboles que no reconocí. Me escribió: "Mira qué bonito, no se parece a nada." Le contesté que lo bonito era justamente eso, que no se pareciera a nada. No le dije que por acá están talando las palmeras. No le dije que la calle donde creció ya no se parece a la calle donde creció.

Hay cosas que solo notas cuando ya no están.

Miguel Alemán quiso una ciudad que se pareciera a Los Ángeles y lo que nos dejó fue una ciudad que se parece a sí misma. Eso son ochenta años de arraigo. Eso es lo que un hongo se está llevando. No un capricho presidencial. Una costumbre. Una forma de caminar por esta ciudad y saber que es esta ciudad y no otra.

Los duraznillos van a crecer. Los tejocotes van a dar fruto. Los ahuehuetes van a dar sombra. Y dentro de cuarenta años alguien que hoy es niño va a recordar esos árboles como los árboles de su calle, y le va a doler si se los quitan, y va a escribir algo parecido a esto.

Pero hoy, las palmeras se están muriendo. Y lo único que quiero decir es que alguien debería notarlo.

Concreto Marzo · 2026