Hay una tradición en el vestuario de la selección francesa. Cuando un jugador debuta tiene que entonar una canción. Cuando le tocó a Griezmann antes de su primer partido con la camiseta nacional, fue el 5 de marzo de 2014 contra Holanda, después de casi una década viviendo en España, eligió una canción en español.

Para ese momento llevaba diez años fuera de Francia. Había ascendido con la Real Sociedad de segunda a primera, había fichado por el Atlético de Madrid por 30 millones de euros. Ya no era el chico que Lyon rechazó. Era uno de los mejores atacantes del mundo.

Y eligió cantar en español.

Flashback. En 2004, en un torneo juvenil en París, un Griezmann de trece años jugó lo suficientemente bien como para que alguien se detuviera a mirarlo aunque Lyon ya lo había rechazado. Demasiado pequeño, dijeron. No por maldad. Era un juicio técnico sobre lineamientos tan burocráticos como aritméticos. El problema es que la probabilidad no siempre sabe leer lo que tiene delante.

Un cazatalentos de la Real Sociedad llamado Eric Olhats lo vio en ese torneo, lo fichó y se lo llevó al País Vasco. Griezmann dejó Borgoña para vivir en casa de Olhats, cerca de la costa vasca. Se quedó cinco o seis años bajo la tutela de quien sería su agente y también el tipo que sería su padrino de boda pero lo dejó plantado.

(Voy a volver a Olhats más adelante. Necesito hacerlo.)

No soy de aquí, ni soy de allá

Antoine Griezmann nació el 21 de marzo de 1991 en Mâcon, Borgoña. Tiene apellido alemán. Su trastatarabuelo se llamaba Emmerich Grieszmann y salió de Münster, en Hesse, a mediados del siglo XIX. Por su madre tiene sangre portuguesa; su abuelo Amaro Lopes jugó en el Paços de Ferreira. Es, en suma, un jugador con facha de principito parisino que en realidad tiene un corazón gitano, mundialista.

De niño su ídolo era Sonny Anderson, el delantero brasileño del Olympique Lyon. Iba al Estadio Gerland con la camiseta número nueve del brasileño. No con la de Zidane, que habría sido lo esperado, sino con la de un brasileño que hacía goles que parecían accidentes calculados.

Esto no prueba nada. Pero tampoco es un dato inocente.

Griezmann debutó a los dieciocho años como profesional en la Real Sociedad, en Segunda División, y ahí empezó todo lo que no viene en la genealogía cosmopolita. Su primer entrenador en el ascenso fue el uruguayo Martín Lasarte. Su compañero de vestuario era Carlos Bueno, otro uruguayo que lo pasaba a buscar para entrenar y siempre llevaba un mate. Griezmann lo miraba y lo miraba. Hasta que un día probó la hierba y ya nunca dejó de tomarla.

Lo que me resulta difícil de articular sobre Griezmann, y lo que justifica escribir sobre él ahora que Francia jugará un Mundial sin él, es que convirtió la pertenencia múltiple en un método. No pertenece del todo a ningún lugar y eso, en vez de volverse grieta, se volvió estructura. Pero la versión genealógica de esa idea (apellido alemán, sangre portuguesa, pasaporte francés) es solo la mitad del asunto. La otra mitad es la que eligió.

“Es uruguayo. Siempre estuvo rodeado de jugadores uruguayos. Ama lo que somos, comer asado, nuestra música, y toma más mate que yo”, escribió Diego Godín en Twitter, respondiendo a aficionados que cuestionaban la relación de Griezmann con Uruguay.

Cuando Godín y José María Giménez aterrizaron en Madrid después de clasificar a Uruguay para el Mundial de 2018, Griezmann fue al aeropuerto a recibirlos vestido con la camiseta de la selección celeste. Con termo y mate.

Es el tipo de gesto que, si lo lees rápido, parece una anécdota simpática. Pero si lo piensas un segundo más, es otra cosa: un francés campeón del mundo que elige identificarse con una selección de tres millones y medio de habitantes porque los hombres de ese país le enseñaron a hacer cosas que su país natal no le enseñó. Como tomar mate e insultar desde el alma. Porque en el gol agónico contra Albania en la Eurocopa 2016, lo que salió de su boca no fue francés sino ¡la concha de su madre! y después vamos, cuatro veces, en español con acento rioplatense. Cuando le preguntaron sobre esa escena, dijo: “No sé por qué, pero me salió así. Cuando tengo mucha rabia, puteo así.”

En los cuartos de final del Mundial de Rusia 2018, Francia enfrentó a Uruguay. Griezmann marcó un gol. No lo celebró. No gritó, no corrió hacia la banda, no hizo ningún gesto. Abrazó brevemente a Mbappé y volvió a su posición. Cuando Francia ganó el título días después, celebró con una bandera uruguaya.

Hay personas cuya identidad se define por sustracción. Eres lo que te queda cuando eliminas todo lo que no eres. Hay otras, en cambio, cuya identidad se define por acumulación. Griezmann es de las segundas. Todo se queda. El alemán del trastatarabuelo, el portugués del abuelo, el francés del pasaporte, el apego emocional al País Vasco, su actitud rioplatense del vestuario. Nada se cancela. Todo coexiste.

Es francés para los que le miden los cuatro goles en el Mundial de Rusia 2018, la Bota de Plata, el Balón de Bronce. Es español para los que cuentan sus 521 partidos en La Liga, récord absoluto para un jugador extranjero en la historia de la competición, más que Messi, alcanzado el 29 de marzo de 2025 contra el Espanyol. Es vasco para quienes saben que fue a buscar esposa al mismo territorio donde lo formaron: Erika Choperena, vasca, con quien se casó en 2017 y con quien tiene tres hijos. Es uruguayo para Godín, que lo conoce mejor que la mayoría.

A los treinta y cuatro años, con contrato en el Atlético de Madrid hasta 2027, Griezmann es el máximo goleador en la historia de un club que existe desde 1903. Y lo es siendo el hombre al que nadie quiso cuando pesaba menos de cincuenta kilos.

Ahora la parte difícil. Mientras investigaba esta historia encontré algo que cambió la forma en que la leía. En un documental de 2017, Griezmann dijo de Olhats, el tipo que lo descubrió cuando Lyon ya lo había rechazado: “Fue como un padre. Me tuvo en su casa seis años.” Para 2020, la relación estaba rota. Olhats no asistió a su boda aunque estaba invitado a la mesa de honor. Griezmann le dijo a Jorge Valdano: “Desde ese día no tengo relación con él.”

Y después vino lo que nadie anticipaba. En noviembre de 2025, Eric Olhats fue condenado a seis años de prisión por agresión sexual a nueve menores y corrupción de un décimo. Las víctimas, todas del Aviron Bayonnais, tenían entre once y quince años. Los delitos ocurrieron en dos períodos: de 1997 a 2002 y de 2021 a 2022. Olhats lo negó todo durante las trece horas de juicio. Griezmann declaró a los investigadores que no fue víctima ni testigo de ningún delito.

Hay un dato anterior que el periodismo no puede omitir: en 1991, trece años antes de acoger a Griezmann en su casa, Olhats ya había sido condenado por actos de abuso sexual contra un menor.

No sé qué hacer con esta información más allá de lo que estoy haciendo: incluirla como contexto. Esto no define a Griezmann. Pero define algo sobre las estructuras que rodean al fútbol juvenil, sobre la distancia entre lo que un chico de trece años puede ver y sobre lo que se descubre después de un hombre de treinta y cuatro. El hombre al que consideró un padre resultó ser alguien cuya historia con menores tenía capítulos que nada tienen que ver con el talento ni con las segundas oportunidades.

El texto que estoy escribiendo es sobre otra cosa. Es sobre la pertenencia. Pero la pertenencia no se entiende del todo si no se mira también a quién te la ofrece y a qué costo se construye la deuda de gratitud que un niño contrae cuando alguien lo salva de un rechazo.

El rechazo como camino

El Mundial 2026, tres países, dos idiomas, un continente que no termina de decidir en cuántas lenguas se habla a sí mismo, se jugará sin el hombre que mejor encarnaba esa idea.

Será así porque el 30 de septiembre de 2024, Griezmann anunció su retiro de la selección francesa con un video en redes sociales. Cinco líneas y un silencio que no sorprendió a nadie tanto como debería. “Con el corazón lleno de recuerdos, cierro este capítulo de mi vida.” 137 partidos. 44 goles. Un Mundial levantado.

El rechazo de Lyon pudo haberlo definido de una forma. Lo definió de otra.

No creció con la seguridad del elegido. Creció con la pregunta de si iba a ser suficiente, en un idioma que no era el suyo, lejos de su familia. Esa presión construye cosas que el camino fácil no construye: una relación con el esfuerzo que no necesita aplausos para sostenerse, una capacidad de encontrar pertenencia donde otros solo ven tránsito.

Cuando lo llaman francés, responde en español. Cuando lo llaman español, dice que es vasco. Cuando le toca gritar un gol, lo grita en rioplatense.

La canción que eligió aquella noche en el vestuario de la selección francesa fue La Bamba. No hacía falta que la cantara bien. Lo que importaba es que la eligió.

VAR Marzo · 2026