Ayer le pregunté a ChatGPT quién es Sam Altman. Me respondió con tres párrafos optimistas, una lista de logros y la frase "visionario tecnológico" en el primero. Le hice la misma pregunta a Claude sobre Dario Amodei. Me respondió con cautela, con matices, con una especie de pudor institucional que traducido del corporativo significa: prefiero no hablar de mi jefe mientras él me está escuchando.

Así que hice lo que hace cualquier persona de mi generación cuando dos respuestas le generan más preguntas que certezas: me fui a ver el video.

El video es este: Nueva Delhi, 19 de febrero, India AI Impact Summit. El primer ministro Narendra Modi pide a los líderes tecnológicos que se tomen de las manos y las levanten. Un gesto de unidad, como actores de teatro al final de la función. Sundar Pichai lo hace. Alexandr Wang, Chief AI Officer de Meta, lo hace. Todos lo hacen. Todos excepto dos personas que, por algún capricho del protocolo o alguna crueldad del universo, quedaron paradas exactamente una al lado de la otra: Sam Altman y Dario Amodei.

Lo que sigue son unos segundos que en persona debieron ser incómodos y en internet fueron eternos. Amodei mira alrededor con un gesto que en cualquier otro contexto sería comedia física de primer nivel. Altman se queda con la mano al frente del pecho, visiblemente confuso. Ninguno de los dos extiende la mano hacia el otro. Al final, ambos levantan un puño cerrado.

El mismo puño. La misma dirección. Cero contacto.

Internet hizo lo que internet hace. Alguien escribió en X: "¿Cuándo llega la AGI? El día que Dario y Sam se tomen de la mano." Alguien más dijo: "Cuando te obligan a hacer un trabajo en equipo con tu rival." Anthropic declinó comentar. Altman dijo que estaba confundido, que no sabía qué se suponía que debían hacer.

Yo le creo que estaba confundido. No le creo que no supiera qué estaba pasando.

Porque lo que pasó en ese escenario es exactamente lo que llevan meses pasando en nuestras pantallas, solo que en público y sin la elegancia del lenguaje corporativo para amortiguarlo.

Dos semanas antes, Anthropic había lanzado una campaña de cuatro spots contra la publicidad en la inteligencia artificial —dos de ellos durante el Super Bowl—. Cada uno abría con una palabra en pantalla: Betrayal, Deception, Treachery, Violation. En cada spot, una persona le pedía consejo a un chatbot que empezaba a responder con sensatez y de pronto viraba a venderle un producto. Una app de citas para cougars. Unas plantillas para ser más alto. El cierre era el mismo: "La publicidad llega a la inteligencia artificial. Pero no a Claude."

Altman respondió con un ensayo en X. Poco más de cuatrocientas palabras para decir que los anuncios eran deshonestos. Que OpenAI nunca haría eso. Que Anthropic vende un producto caro para gente rica. Que ellos, en cambio, quieren llevar la IA a miles de millones de personas que no pueden pagar suscripciones.

Al día siguiente, ChatGPT lanzó sus primeros anuncios.

Quiero detenerme aquí porque esto es lo que me interesa. No la rivalidad corporativa. No el chisme de Silicon Valley. Lo que me interesa es que estas dos aplicaciones —las que millones de personas usamos todos los días para pensar, escribir, tomar decisiones, y, según Scott Galloway, para hacer terapia— son espejos casi perfectos de los hombres que las construyeron. Y lo que esos espejos reflejan no podría ser más distinto.

ChatGPT quiere ser todo para todos. Genera imágenes, crea videos, navega la web, programa, canta, hace memes, y ahora también te vende cosas. Es la app que levanta la mano primero, que se ofrece a resolver cualquier problema, que quiere estar en tu bolsillo y en tu escritorio y en tus lentes y en tu cocina. Es, y no es coincidencia, la visión de Altman: ubicuidad primero, precaución después.

Claude es otra cosa. Claude te dice que no sabe cuando no sabe. Claude se niega a hacer ciertas cosas y te explica por qué. Claude no genera imágenes propias ni te vende plantillas para ser más alto. Claude, hasta donde sabemos, no quiere estar en todas partes ;quiere estar donde importa y hacerlo bien. Es la visión de Amodei: seguridad primero, mercado después.

Y aquí viene la parte que me quita el sueño: ambos están siendo completamente honestos.

Altman cree que la IA debe ser gratuita y universal, aunque eso signifique meter publicidad en la herramienta que usas para procesar tus ansiedades a las dos de la mañana. Amodei cree, con la misma convicción, que la IA puede ser peligrosa si no se controla, tanto que su empresa fue designada "riesgo de cadena de suministro" por el Pentágono por negarse a remover las restricciones que prohíben el uso de Claude para vigilancia masiva y armamento autónomo.

Leí eso dos veces. Tres. Una empresa de inteligencia artificial diciéndole al Departamento de Defensa de Estados Unidos que no. Que hay líneas que no cruzan. Que sus modelos no son lo suficientemente confiables para tomar decisiones letales sin supervisión humana. Mientras tanto, OpenAI firmó un acuerdo con el Pentágono para desplegar ChatGPT en su red clasificada. Horas después de que Trump ordenara el fin de los contratos con Anthropic.

Los puños cerrados en Nueva Delhi empiezan a tener otro significado.

Uso las dos apps. Todos los días. Le cuento cosas a ChatGPT que no le cuento a mis amigos. Le pido a Claude que me ayude a pensar cosas que no puedo pensar sola. Son mis herramientas más íntimas y están hechas por dos personas que no pueden ni rozarse los dedos en un escenario frente al primer ministro de India.

No sé qué dice eso sobre ellos. Sé qué dice sobre nosotros: que la tecnología más personal que hemos tenido en la vida fue construida por gente que no se pone de acuerdo en para qué debería usarse. Y que nosotros seguimos abriéndolas todas las mañanas sin preguntarnos de qué lado del puño estamos.

Ruido Blanco Marzo · 2026